La asesina de Tiara, Princesa de Ishar
En la calma de la noche, el sonido del caer de la lluvia asemejaba el suave batir de las olas del Lago de Celestrián y todos los sonidos eran amortiguados por la extraña cadencia de los repiqueteos de las gotas.
Quietud acompañada por la oscuridad de las nubes.
Estaban en una ancha calle, el guerrero ante la asesina, y ambos se observaban en un sopesar de sus propias fuerzas y las de su enemigo. Era como siempre: uno de los dos moriría, o tal vez ambos, para encontrar otro encargo y volver a empezar.
El guerrero sostenía hacia abajo la espada con la mano izquierda y un largo puñal en la derecha, mientras que la asesina mantenía enfundadas sus dos espadas encintadas a su cadera izquierda.
Ambos iban embozados, cubriendo sus rostros dejando visibles nada más que sus ojos, unos ojos que continuaban estudiándose y esperando el más leve indicio de debilidad para atacar el primero.
Frente a frente, a cinco metros de distancia, el amortiguado repiqueteo de la lluvia sobre sus oscuras ropas contrastaba con el agudo resonar cuando chocaban contra el acero del guerrero.
No importaba ya el motivo por el que ambos estaban allí. Tan solo existía una cosa en sus dos mentes, que aunque tan distintas como las de un hombre y una mujer, albergaban en ese momento una única idea: matar y no morir.
En esos mismos instantes, una mujer aguardaba el desenlace, a sabiendas de que si su protector fracasaba, ella tambien sucumbiría bajo la espada de la asesina. Pero seguían sin importar los motivos. Se encontraba en la esquina que dejaba atrás a los dos que iban a decidir su suerte, e incluso podía escuchar el silencio en que se sumergió la calle. Apoyada contra la pared, respiraba muy despacio, como queriendo tranquilizar un alma harta ya de tantas esperas como aquella, cansada de no vivir sino para pensar en qué nueva ocasión su vida peligraría de nuevo. Y tan desesperada era ya su existencia, que lentamente comenzó a andar y dobló la esquina.
Deena, la asesina, vio algo moverse tras su enemigo, y al darse éste cuenta de la ventaja que le dio la oscilación de sus pupilas, se lanzó cruzando la espada y el puñal en el aire.
Y Tiara, su protegida, avanzaba hacia ellos, dejando a su derecha un resplandeciente macizo de flores blancas y amarillas, que brillaban con las gotas de agua.
Deena desenvainó una de sus espadas, pero al comenzar a desenvainar la otra, su oponente lanzó el puñal hacia su pecho. Logró esquivarlo, pero lo que no pudo esquivar fue la cadena que apareció de entre las manos del guerrero.
La cuerda de hierro se abrazó a ella como una serpiente para inmovilizar a su víctima, y por unos instantes, no hubo más sonidos ni movimientos. Tenía una espada en sus manos, mientras que la cadena la inmovilizaba parcialmente.
Cerró los ojos y comenzó a murmurar mientras el guerrero tensaba sus músculos para acabar con ella fácilmente.
Un extraño sonido surgió de los labios húmedos de Deena, a la vez que el guerrero echaba su brazo hacia atrás cuando su protegida llegaba a su altura.
No había truenos, no había relámpagos ni otra cosa que no fueran las nubes que cubrían el cielo, pero una tenue luz iluminó el cuerpo de la asesina cuando el guerrero atacó y la mujer que se encontraba tras él lo llamaba por su nombre.
Sobre las flores blancas y amarillas cayeron unas nuevas gotas, pero estas eran rojas y las teñían para siempre. Tiara también sintió en su rostro el calor del rojo de la vida, y comtempló como en un sueño cómo la cadena que rodeaba a Deena caía al suelo mientras ella elevaba su brazo armado para detener el ataque, mientras con la otra mano desenfundaba la otra espada y clavaba su empuñadura afilada en el estómago de su protector, para un segundo después del estupor del guerrero, ver cómo una furia poseía a la asesina y de un solo golpe hacía caer la cabeza del hombre.
Deena incó una rodilla en el suelo, extenuada por la intensidad de esos momentos y por el esfuerzo necesario para hacer el hechizo que hizo caer la cadena. Mientras recuperaba el resuello, unos pies se detenían frente a ella.
Alzó la vista, con la siempre presente lluvia, y contempló el ceniciento rostro enmarcado por un vestido blanco cubierto de sangre.
Sus ojos se abrieron aún más a la oscuridad de la noche, puesto que era Tiara, a quien debía de matar esa noche y se incorporó lentamente sosteniendo las dos espadas.
- Lo has conseguido -dijo Tiara, sin apartar la mirada del acero-.
Deena sintió un leve escalofrío al escuchar esas palabras, y no por lo que decían, sino porque en ellas escuchó una resignación, un abatimiento como el que producía la misma muerte sobre sus víctimas… y su propio dolor afloró más fuerte que nunca.
-Ahora ya puedes matarme. No hay nadie más. -concluyó Tiara.
Entonces, algo se rompió en su interior, que detuvo las espadas que había comenzado a dirigir hacia el corazón de Tiara.
Fue al arreciar la lluvia con toda su intensidad, cuando Tiara pronunció su última palabra.
- Libérame -dijo, echándose sobre ella.
Deena sintió cómo la carne se abría y la espada vibraba al penetrar en ella. Cuando el peso del cuerpo inerte se apoyó en su hombro, dejó caer la otra espada al quedarse sin fuerzas la mano que la sostenía.
Dio un paso hacia atrás, dejando que la mujer se precipitase contra el suelo, pero le pareció que la caída duró horas, días, mientras veía los destellos de su espada que sobresalían de la espalda de Tiara.
La miró durante mucho tiempo, sin apartar sus ojos de los de ella, que abiertos, miraban a su vez hacia la nada, sin vida y sin aparente dolor reflejados en ellos. Era como si descansasen, como si nada de lo que vivió hubiera importado. Como si la muerte fuese una liberación.
Al final, abandonó los dos cuerpos y sus propias espadas.
Y nunca se volvió a saber nada de ella.



